Y sí, Simón es un tanto extraño. Creo que en algún momento fue un romántico empedernido, cuando pensaba que se enamoraba de cada mina que conocía. Probablemente estuvo enamorado de todas ellas, aunque ninguna finalmente fue suya. Sólo una tuvo la suerte y la desdicha de transformarse en el objeto de sus eternos cariños, y el cariño no fue eterno, no, no. Duró bien poco, en realidad. Así que Simón se volvió cínico y no creyó más en el amor. O al menos eso es lo que entiendo.
Simón se para en la esquina de Bustamante con Pedro Bannen y recita poesías todo el día. Uno se acerca a él y parece que estuviera hablando solo, musitando algo que apenas se oye. Pero si uno se acerca, puede darse cuenta de que lo que sale de su boca es poesía... no sé si propia, o ajena, no sé si previamente escrita o engendrada de la nada. Me senté el otro día a su lado y Simón, totalmente ajeno a mi presencia, siguió hablando, mientras zurcía un chaleco que seguramente se había encontrado en la basura. Así que me puse a tomar nota:
Quiero salir de noche
solo,
salir como una calle vacía
que se llena de luz.
La sonajera indolente de estas calles
estremece el silencio como las penumbras
en este rincón.
No sabrás que te quiero hasta que te lo diga,
ni sabrás que te amo sin una lucha.
Hablaré de ti como de una tormenta
o un terremoto.
No serás ni disparo ni escarmiento.
Gritaré sin temor a que me escuchen,
golpeteando en el muro de mis lamentos.
Allá vienes, camión de sonrisas
secas todas, como jardín de espinas.
Me cubrirá el cerebro aquella brisa
que sale de tu pecho, matutina
para hablarme de amores, de ilusiones,
para helarme el alma.
Para helarme el alma.
Uf, dije, para mí, cuando al fin se quedó callado. Pero ni siquiera se inmutó. Siguió cociendo su chaleco como si nada. Le tiré una moneda en el tarro y me alejé. Seguramente lo veré mañana, cuando vaya al supermercado. Estará musitando algo nuevamente, con la mirada perdida en alguna tarea doméstica. Creo que es su alma la que habla. No sé si hace sentido. No sé si debe tenerlo.
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